Edorta Kortadi 2

Articúlo publicado en DEIA el Sábado, 11 de Septiembre de 2010 bajo el título “Beorlegui y el realismo mágico”

Gracias al mecenazgo conjunto de ayuntamientos, gobiernos y Kutxa, la obra de Fernando Beorlegui (Campanas, Navarra, 1928 – Eibar, 2008) se está presentando en diversas salas de arte de Zarautz, Eibar, y en el Museo Gustavo de Maeztu de Estella. De esta manera, las obras más interesantes de unos de los realistas mágicos más significativos de la década de los 70 se da a conocer a través de obras, bastantes desconocidas, y un buen catálogo que las acerca y aproxima al gran público.

La muestra, que ha sido comisariada por María José Aranzasti y Mikel Beorlegui, se presenta ordenada cronológicamente desde Estella (1952) y Familia de titiriteros con burro (1967), cercanas a la plástica cubista de Rafael Zabaleta, hasta las últimas, más personales y libres, como Cómplices (1988), o Autorretrato en el bosque (1989).

Beorlegui conocía como pocos las técnicas y maneras de pintar, era un gran pintor clásico, que no hacía tampoco ascos a los repertorios y técnicas modernas. Desde los realistas metafísicos a los surrealistas, desde los pintores del renacimiento italiano y alemán, a los pintores de la nueva objetividad alemana, para él todo era un continuo experimentar, crear, con esa veta brava y esa socarronería que él siempre tenía. La tenía en la mirada y en su pintura. La tenía en su palabra, y en todo cuanto hacía. Pero era un hombre tierno, amable, pese a los desgarros que sufría en su interior, y que plasmaba de manera abierta y silenciosa como en Cantautor en moto (1990).

Transparencias y veladuras en los 80, rayas paralelas y pinceladas cortas en el 84-85, abultamientos y texturas desde el 90, y siempre un mundo deforme, desgarrado, onírico, hasta que en sus últimos repertorios se vuelve tierno y beatífico: Niño turista (91), Windsurfista en Orio (92), Inventores (92).

En toda su pintura hay una cosmovisión báquica y onírica, pero siempre desde una mirada sarcástica y hasta compasiva hacia la realidad cotidiana, hacia el hombre y la mujer de carne y hueso, con sus pasiones, sus ritos y sus algarabías. En su mirada hay siempre algo de mirada compasiva hacia la chica de la barra, el mendigo, el artista, el torero, el pajarero…

La colección de grabados y dibujos, desde Caballero con pértiga (1991), hasta Cocodrilo (1990), tinta sobre papel, o técnicas mixtas, demuestran sin duda alguna su categoría como dibujante en la mejor tradición goyesca.

Anuncios