Rafael Castellano

ARTICULO ESCRITO POR RAFAEL CASTELLANO A RAIZ DE LA MUERTE DEL PINTOR

Me sorprendió un día una crónica firmada en Madrid en la que se reiteraba, para indicar la escasa demografía de una localidad, que en ella “aún se colocan octavillas de defunciones en la calle”. Vendría bien en los media un poco de sociología aproximativa. Ese pasquín en esquinas estratégicas será siempre más veloz que la rotativa. Sin olvidar que la publi más cara, suntuosa pero poco eficaz, es el módulo-esquela morturia en diario-papel . Para Fernando, púdicamente cubierto de flores en la urna y en uno de esos tanatorios insertos entre pabellones industriales de tricotosas, montacargas, tejavanas, iluminación de oficinas, muelles de colchonería, neumáticos, grúas y bulldozzers de alquiler, ni rip ni crucifijo.

<<Le perdía a Beorlegui el prurito de la integración en sus dos tribus: la Gipuzkoa industriosa y la Nabarra honda. Sabía que todos los dandis son marginales. Y viceversa. En Eibar, capital del valle de Debabarrena, núcleo de toda de suerte de artesanías avanzadas, de ejemplar tradición republicana y fútbol con clase, no sólo se practica esa necrología urbanita por parte de las funerarias. Se agrega el mote, el ‘ezizena’ de los difuntos. Bajo la foto póstuma de Fernando Beorlegui Beguiristain se lee: “El Pintor”. Como Bernardino di Betto “Il Pinturicchio”. O Pietro Vanucci, “Il Perugino”. Como Theotokopulos “El Greco”. Un último guiño. Similar al de quien puso en la hoja de autógrafos: “Hasta pronto, amigo”>>

Ha fallecido, pues, Fernando Beorlegui, con quien tanto reíamos. Fuentes de plena confianza me transmiten que el día de su deceso, 6 de enero, reflexionaba: “Esto me pasa en día de Reyes por ser antimonárquico”. Nos dejó un poco más solos, Fernando, quien tantas pistas me dio al presentarme personajes insólitos. Hace poco hablábamos de “El Ruski”, que entraba y salía del talego (franquista) al mismo ritmo que Ibarrola cuando era rojo. En Elgoibar, primos umbilicales de lo eibarrés gracias al río Ego, donde Caronte boga en gabarra con pértiga, el odontólogo manco Yudego te quitaba con ejemplar precisión, una delicia, venía a ser un masaje de barbería, la muela del juicio. Anestesiado, te veías rodeado de ibarrolas con la obrerada en masa, llaves inglesas del 12 y destornilladores del 14 en ristre, enfrentándose a la madera provista de yelmos, escudos y pichaburros. ¿Qué habría hecho ‘El Ruski’ , centrémonos en él, para que la CCCP stalinista le expulsara de su seno?

Trajo consigo una balalaika, un samovar y un icono. El icono fue a parar a manos de Mikel Beorlegui. Le aconsejó “que lo pusiese a la luz, que se le va la pátina”. Efectivamente, colocada al sol la imagen resurgía de la mugre. Milagros soviéticos. Todo este Patio de Monipodio se refleja en los lienzos de Fernando Beorlegui. Sólo hay que saber verlo. Disfrutarlo.

El trueque librecambista

La plástica, en Euskadi, como se ha ejemplificado, ha sobrevivido mucho del trueque, de ahícomo los inuit y los navegantes vascos que en El Labrador fondeaban en busca de saín de ballena, el petrodólar de entonces, y de pieles de tejón. La divisa guipuzcoana fue la”ur eroa”, agua loca, como llamaban los nativos a las barricas de sidra. Satur Peña, luego detallamos su obra, ha descubierto que un maestro tallista del retablo de San Andrés de Eibar, Hilario de Mendizábal, se especializó en mascarones de proa (¡sirenas con atrevidos senos!) en los astilleros de El Ferrol. En la Villa Armera, santos, santas bien tapadas, profetas, angelotes incorpóreos ergo asexuados. Líneas abajo iremos a ello.

Auzmendi, sastre de Donostia, goza de buena colección de Arte a cambio de vestir de domador a estetas que inauguraban con lunch. Ellas, salpicadas de polvo de hadas. Y hubo electrodomésticos a cambio de paisajes. El primer ordenata básico que vi lo había canjeado un renombrado pintor por un par de lienzos de gran valía.

Entre artistas era cotidiano el trueque de microescultórica por cuadro, de grabado por lienzo, de te retrato a ti, tú a mí. A veces el trueque era con el escritor, por el texto del catálogo que algunas salas se niegan a incluir en el presupuesto. Nadie osa negarse, se ofenden y enfurecen. Por lo cual, en la última muestra de Beorlegui que pude admirar, en la “Kultu” Arrate, nuestro artista presentaba un contracatálogo anticatalogación que pueden consultar en el periódico electrónico Rebelión. 2003: “Eibar, del damasquinado al jápening”. No tiene desperdicio. Amén de dicho contracatálogo, Beorlegui parecía no ofrecer condumio de inauguración. Sólo al final aparecieron el vino y los pintxos. “Si los saco antes”, me diceconspirativo, “le dan la espalda a los cuadros y a zampar”. Fenómeno habitual.

Trabaja y diseña

No se sirvió Beorlegui, que uno sepa, del sistema librecambista. No le dolían prendas, como a su antecedente — y antípoda — Paulino Larrañaga, por ejercer el retrato de damas de la Eibar-set. Ello, paralelo a sus creaciones como de iglesia laica, o de paganismo erasmista. Se había negado a asistir a un homenaje previo a su persona, en vida aunque kilikolo por los tratamientos que soportaba estoico. “Eso es para los muertos”. Ya incluido en obituarios, mientras lo conmemorábamos, surgieron recuerdos paralelos para “Mistol”, y para el caramelero de Fermín Calbetón, quienes aún habitan y habitarán sin descanso sus txarangas de Carnestolendas, sus Tauromagias, sus puntasecas, sus virtuosos callejeros de acordeón o trompeta mientras trepa la cabra Margarita; su translación de la destreza para proyectar accesorios de máquina herramienta, caza y mobiletes (la madre del cordero de la futura Escuela de Deba) aplicada a la plancha en cobres, entintada, prensada y fin en sí misma. Aunque con similar instrumental, siempre. Buril y pulso. Dibujo, dibujo, dibujo. Profesionalidad y eficiencia. Más un toque de imaginación, fantasía, manierismo clecsográfico. FP presentida como artes artesanales. Para él, grabado y dibujo eran, son sinónimos.

“En Torre de Unzaga”, aún le oigo decir “montamos la empresa DIB, Diseño Industrial Beorlegui. Teníamos diseños muy bonitos. Yo diseñé máquina de coser, bicicleta, material de cocina y ¡hasta una lavadora! Ah, y un casco de protección”. El de los barandés para cortar la cinta de las fábricas u hospitales comarcales y bajar a la minas con traje Armani, corbata Hermès y casco de machaca. “Estábamos con un arquitecto, claro. ¿Mariscal? No había nacido, éramos unos precursores. Entonces no había ordenadores y todo lo hacíamos a mano y pasábamos a maqueta. Mi hermano era maquetista, sigue siendo maquetista”, precisó. En su casa de Eibar, travesía en penumbra, una gran fragata en miniatura del otro Beorlegui, con quien de muy joven hacía piragüismo por el Arga.

El pavonado de Carral

Durante el funeral dionisiaco con buen menú — los Reyes Católicos y su Inquisición los prohibieron en el medioevo– que le hicimos a Beorlegui “El Pintor” con pastel de merluza, ensalada de huerta y guisote de morcillo, también salió a relucir Carral. El gran Carral se llevó al sepulcro su fórmula aún inimitable del pavonado de escopetas, máquinas de coser, revólver y otros suvenirs eibarreses. Un bruñido de metal noble, el suyo. Cuando los cubanos venían a su espionaje de sistemas de cooperativas derivadas de Arrasate, Carral en su taller sumergía un dedo en la mezcla alquímica del pavón secreto ante la mirada atónita de los visitantes. Introducía el índice y se chupaba el dedo medio, prueben el truco de prestidigitación y verán que funciona. Así, dejaba a los copiones asombrados ante aquella forma tan culinaria de calibrar el misterioso y por fuerza emponzoñado mejunje. Pero de la receta magistral, ni palabra le sacaban.

“Azido Taldea”

Entre otros comensales de este banquete de exequias en el “Gure Etxetxo”, Baroja Collet, alevín hace años surgido de aquel “Azido Taldea” que tanto dio que hablar. Movida ésta que Beorlegui, importantísimo estampador y devoto de Goya y Ricardo Baroja — no hay parentesco — en la especialidad, coordinó entre la juventud surgida del sector armero. Otro de sus discípulos aventajados y colega en iniciativas imposibles, Periko Azpiazu, cuando le pregunté hace años, así como de vacile, por qué “Azido Taldea” en periodos bajos de liquidez, no podía falsificar billetes de 5.000, replicó que porque les salían en horas-trabajo por 7.000. Una coña, pero el dato, en hipótesis, era verídico. En su día supe que los euros se graban en plan industrial y que ya se falsifican por menos de lo que cuesta hacerlos. Maestros, los rumanos (entre otros). Paradojas. Así que ojo a los cajeros automáticos y a los papiros de 50. ¿Los de “Azido Taldea”? Por supuesto que no. Todavía hay clases, oigan. Ahora sus grabados valen más que el billete más grande de curso legal. Vueltas que da la vida.

Chicharro y Ory, “introrrealistas”

Maria Luisa, que se queda más sin novio que viuda, y que no vino a este funeral pantagruélico por causas de fuerza mayor, vaya casta, me dijo entre lágrimas que Fernando y yo, amigos, “hablábamos el mismo idioma”. Puede. Conste que todos somos impenetrables. Inmortalizábamos, sí, la inteligencia natural inmune a las cátedras. Lo de Fernando, más vistoso. Más gráfico. Más multitudinario en proporción áurea practicada, me lo confirmó, “de oído”. Sin cuadrículas de geometría poryectiva. Pero en armonía.

Procedía el Beorlegui artista, artífice, de una academia de prestigio, la que se sitúa en la calle Montera de Madrid, Pasaje de la Alhambra, enorme portalón al modo veneciano que comunica dicha vía con lo que queda de la Red de San Luis. Allí fue discípulo aventajado de Chicharro, autor de alegorías como “Las tentaciones de Buda” (lo cual explica muchas cosas). Era Chicharro, por épocas, amigo y enemigo de Carlos Edmundo de Ory, uno de los primeros “istas”. Ory ideó el “postismo” y el “introrrealismo” (lo cual explica muchas más). Antes, acudió a rudimentos pictóricos con Ciga Echandi. Lo de Chicharro venía a ser, más bien, préstamo pevio pago de local y materiales y cread en libertad.

La imprenta de Pablo Iglesias

“Pasé al mismo tiempo en Madrid por otras clases, de cosas de ésas de oficina”, me confesó. “Contabilidad, taquigrafía, nos hacían taquigrafiar discursos”. ¿De quién? “¡De Hitler! No veas que pedazo de taquígrafo era el profesor, capaz de transcribir al Führer al ritmo que hablaba”. Y un tono imperceptible, muy navarro, de sorna. Ciga Echandi era un represaliado de guerra civil muy maniático y tocado por las represalias. Aulas bastante siniestras que le marcan, a Beorlegui, y prodigiosamente le enseñan, le conforman y tallan. Madera, ya la había.

Cada vez que atravieso la Montera o me introduzco en el Pasaje de a Alhambra rememoro que fue ese breve laberinto sede de imprentas e imprenteros, fidelísimos artesanos y libelistas al minuto. Catacumbas de tipógrafos manuales (‘osos’) y cajistas dactilares y, por analfabetos, incapaces de cometer erratas (‘monos’). Uno de sus maestros impresores fue Pablo Iglesias, que fundó el PSOE cuando éste era un partido socialista y obrero, y trabajó y conspiró en este sacro entorno de Artes Gráficas impecables. Allí despuntó la aurora roja.

Flota en ese ámbito una herencia de cosas bien hechas y denuncia de la chapuza. Un buen trasfondo para el Beorlegui aprendiz, pinche y pragmático que renegó de trabajar como bancario pese a la taquigrafía de aquel genio capaz de estenografiar la verborrea diabólica del Dictador y genocida. Éntrese en el contexto: el general Marshall había pasado de largo, y Eisenhower aún no había acudido a cambiar aeródromos por leche en polvo.

Picaresca ilustrada e ilustre

Los cacúmenes espontáneos antes citados abundaban en un entorno bilingüe, multicultural y despojado de Universidades salvo la del Opus en Nafarroa y la de Deusto, elitista (como la actual UPV, quien no se gradúa allí no es nadie). Pero ojo a los abucheos, que la Uni de Eibar es su Escuela de Armería inaugurada por el Ministro de Fomento don Fermín Calbetón en 1902. El caso es que a ambos nos fascinaba la picaresca ilustrada a pie de calle que, como Cabral, sabía demasiado pese a no haber pasado por Salamanca. Allí Satán enseña desde siempre Teología, lo afirman todas las leyendas vascas. Por la Complutense judaizante e islamizante pasó Eneko de Loiola y terminó en las mazmorras por sospechoso de brahman quietista. Yo intenté describirlos en secuencias. Beorlegui gustaba de plasmarlos como entomólogo entusiasta. Ello, entre otros motivos o temática, que tenía un diapasón prodigioso y multidisciplinario. Venía a ser un escenógrafo de la vida misma, a veces autobiógrafo de su sitio navarro, Campanas, úna estación, la fábrica de vinos y varias callejas “donde aún se oía decir, ha pasado el mixto, es la una”.

A veces la vida, el mundo se le hacía insoportable. Tras renegar de los colajes que le impulsó a hacer Oteitza, soy testigo de que regresó a ellos en técnica mixta de grabado y recortes de prensa. Fue a raíz de la tragedia de aquella mujer dominicana violada y atacada por perros.

Los heteromorfos
Los inmortalizaba, a los personajes. Al chiquitero enanoide con su perra gorda por un vasico. Al solista de bombardino. A los enamorados vegetales. Le apasionaban lo que en biología se da en llamar heteromorfos. Humanos, cómo no. A través de su persona pude intimar con Iñaki Larrañaga, que me sorprendió en la iglesia de San Andrés, durante el funeral, por su destreza al persignarse en contrapunto a sus barbas de mullah. También merced a Beorlegui conocí en persona a Leopoldo María Panero en los tiempos en que “EGIN” creía que lo había fichado, cuando era él quien había fichado a “EGIN”. He visto a Panero en una portada de libro, en “Lagun”. Está feísimo. Pero ya puede escribir lo que quiera, tiene bula y carta blanca. Y en cuanto a su leyenda, pues eso, morbo cañero. Unos no salen de pringaos, otros hacen “rehab” como quien practica fitting y lo inscriben en el curriculum como si fuese un master. Cuela.

De los que se metían sustancias para crear, Fernando se extrañaba sin, faltaría más, abominarlos. Los definía: “Se pasan una noche trabajando, esculpiendo, pintando, creyendo que están llevano a cabo una genialidad y al amanecer se les pasa y se dan cuenta de que lo que han hecho no vale nada”. Buen diagnóstico.

Segundo Ruiz, arqueólogo por libre
Recorrí con Fernando y su amigo el arqueólogo por libre Segundo Ruiz Roca las quebradas y llanuras de Tierraestella. Fuimos a descubrir sigilata y en mi entusiasmo le entregaba a Ruiz trozos de teja y él me escarnecía bondadosamente, “cagüen el diablo colorau, no ves que es un cacho de botijo”. Segundo es de oficio real albañil, aunque dispone de casa-museo impresionante en la Rua de Lizarra, la calle de los judíos. No excava, conoce la ley: en época de arar camina tras los arados y trilladoras y cosecha lo que aparece. Buen trampero, localizó una Villa Romana en la comarca, en este territorio ‘western’ para otro magistral humanista, Pablo Antoñana.

Es posible que desde la Escuela Experimental de Deba yo fuese otro heteromorfo a quien tratar con cariño y curiosidad. O, más plausible, que en aquella facultad demoniaca todos fuésemos heteromorfos, empezando por Oteiza alias Oteitza y su “monohuevo del Caudillo” esculpido en el obrador del “Ekain”, pastelería, por el gran repostero Patxi Unanue. En chocolate de Mendaro y con un lazo fosforito. Hubo, en aquella Escuela “que no era una escuela porque no se enseñaba nada, ni había dinero ni ganas de trabajar, y cuando llegaba un encargo no se cumplía; todo el día se lo pasaban en asamblea, a mí ponía nervioso”, paralabras de Beorlegui. Hubo, decía, en aquella Experimentalidad furor y humor.

Filosóficos ambos, por supuesto. Beorlegui, trabajador sistemático, metódico y de ritmos equivalentes a fuer de renacentista-humanista, no podía soportar en excesiva continuidad al genio otéicico inescrutable, argentinizado en su labia. Aunque, como se verá en entregas próximas de ‘Blocs de Beorlegui’, fuesen íntimos colegas a distancia calculada. Oteiza dejaba de ser muchas veces alias Oteitza y no se ponía nervioso, sino nerviosísimo. “Decía Oteiza”, recordó Beorlegui, “que aquello era un seminario, y cuando ya se ponía frenético ya no les llamaba sólo seminaristas, les decía que eran todos hijos de alcohólico”.

Un espléndido libro de Satur Peña

Del armario sin fondo me surge un documento valiosísimo acerca del genio y el cuadro. Del Humanismo en sus albores. En 1955, Ernest Jones explicó en la “Royal Society of Medicine”, Londres, una alabanza de Sigmund Freud, cuyas teorías, ¿hipótesis?, siempre resultan tan amenas como resbaladizas. Y por supuesto contradictorias según la racha. Beorlegui, recordémoslo, no deseaba etiquetarse, alinearse, odiaba el adjetivo ‘surrealista’…

Serán telepatías, pero acaba de caer en mis manos un libro espléndido acerca de la iglesia, basílica o catedral de San Andrés, de Eibar, investigación minuciosa de Satur Peña, hija de Eibar y en cuya primera página se lee “In memoriam: Fernando Beorlegui”. El preámbulo del pintor y aguafuertista en estampación es un grito de sensibilidad herida porque todos los objetos artísticos de valor, reductos de cultura y nichos que ocuparon la corta pero intensa vida gremial a lo largo de siglos de artistas-artesanos y aprendices-oficiales, qué importa su motivación o mecenazgo, se dejan carcomer por desidia. Dice, con su comedida indignación:

“En Eibar se lleva largo tiempo olvidando bienes culturales que han desaparecido. Unos por la guerra y otros porque han sido despreciados, pero es hora de que nos pongamos en marcha y conservemos lo que nos queda. Este libro es buen comienzo para ello”. Se está leyendo, merecerá su entrega en Oteiza alias Oteitza, “San Andrés de Eibar”.

Sin galones de ‘comisario’

Pero que alguien lo escuche, y no sólo en Eibar y en los centros de ocupaciones creativas (y recreativas) para el pueblo como los templos. No en balde hemos hablado antes del trampero de Lizarra Segundo Ruiz. Albañil y arqueólogo en territorio de mil culturas imbricadas, su primera aparición en prensa fue porque, enterado de que tras un derribo arbitrario de casa solariega habían arrojado al río dos escudos blasonados de alto valor, como poco de cantería, se llevó el cabrestante a Los Llanos y los rescató, momento inmortalizado por un perspicaz corresponsal gráfico de la comarca. Éste solía ser el nexo que insertó a Beorlegui en la población luego retratada en sus temples y óleos. Amistad de buenas vibraciones con las gentes juiciosas. ¿Demagogia? Quiá. Estaba inmunizado.

Lo aclara el Alcalde actual de la villa y capital de Debabarrena, Iñaki Arriola: “No quiero dejar pasar la oportunidad de agradecer a Fernando Beorlegui su empeño y dedicación, ya que sin sus sugerencias y empuje este trabajo no hubiese sido posible”. Siempre coordinando, sin instalarse de figurón ni ejercer de eminencia polícroma ni colocarse esos galones de “comisario”, hórrido vocablo por comisionado. Tampoco se pasaba la vida del taller a la Casa Consistorial. Deambulaba. Y quien deambula, ve.

Un ‘auzolan’ de siglos

No omitiremos aquí las aportaciones gráficas de Jesús Garay y Antonio Aguirresarobe, de estirpe de fotógrafos y cineastas que aún conserva establecimiento en el centro. Lo define el primer edil como “un auzolan entre eibarreses”. De protagonista, la autora literaria Satur Peña Puente, conste. El libro merece una entrada para él solo y la ferviente recomendación de que toda persona curiosa del arte colectivo, mayorment humanista, se lo pille como sea. Otro dato de este templo de San Andrés es que “ya existía una realidad social en torno a Villanueva de San Andrés de Heybar” previa a la carta puebla de Alfonso XI de Castilla permitiéndola amurallarse. El Rey, entronizado a los quince años tras la regencia de don Juan “El Tuerto”, estaba por entonces embebido en la Guerra de los 100 años. ¿Otra raíz en líquido amniótico para el republicanismo visceral? Sigamos, pues, con el Freud tardío.
Un onirista

A Beorlegui le apliqué, al principio de los “Oteiza alias Oteitza”, les sugiero pasen luego a las primeras entregas, el más adecuado calificativo de ‘onirista’. En vigilia. Me había detallado alto y claro que lo que la gente toma en su obra por fantasmático a lo Stephen-King no es más que la transcripción al lienzo de lo que la mente recuerda en un momento dado. Hay quien le refiere esos asuntos a un psiquiatra de diván, a un hechicero occidental, y paga por hacerlo. Beorlegui lo pintaba y cobraba por ello y hacía bien y además se le veía insólitamente equilibrado. Por ello, aunque no creo que creyese en la interpretación de los sueños freudiana más allá de lo estético o lo literario en plan grunge, se aproximaba a la liturgia psicoanalítica. A veces, a la psicosomática de masas. Miento: ésta se aproximaba a él y siempre trató de definir y complicar lo que ya quedaba nítidamente dicho. O pintado, o grabado.

“The nature og Genius”

Estábamos con Ernest Jones y su panegírico de Freud: “The Nature of Genius”. Los curiosos o estudiosos lo hallarán en “British Medical Journal” de 4 de agosto de 1964. Asevera Jones en esa lectura que casi toda la constelación ideológica freudiana se sirvió de un precedente histórico, excepto la galaxia más singular y conocida. La vulgarizada, maldita vulgarización médica, de que uno de los temores más comunes y universales en el hombre es el de la castración. Pero cita una mitología grecorromana muy emparentada con nuestros cuentos de segundones aventureros que incluso en tiempos ya plenamente republicanos — resurge el asunto– en zona de Iparralde se cargan al Irensuge de las cavernas que mantiene prisionera a la hija del Rey y, claro, luego han de casarse con ella. En ninguno de los relatos orales que he recogido se detallan los encantos psicofísicos de esas prisioneras del dragón.

La curación mejor retribuida

Esculapio , cómo no, tuvo a su vez maestros. Como Oteiza alias Oteitza, frustrado médico, cuya destreza y formalización escultórica o teórica no eran fruto de la partenogénesis. Fue precursor de Esculapio un tal Melampus o Melampo. Éste supo curarle la impotencia a Yphicus, rey. En términos parafreudianos esta impotencia era debida a un temor irracional de sufrir la castración a manos de su padre. Curado el déspota de lo que los vigilantes USA del idioma idiota de los media han prohibido describir como ‘disfunción eréctil’ (también han marginado las cosas tecnológicas que comienzan con -e o con -i). Curado, pues, de su impotencia sexual, Yphicus le concedió la tercera parte de su reinado y, como se señaló, la mano de la hija del rey.

Ernest Jones se permitió durante su charla una humorada muy inglesa. Dijo que en aquellos tiempos “no estaba mal visto el matrimonio con una ex-paciente”. Matrimonio, eh, no lío pasajero. Esto merece profundizarse, pero hoy toca Beorlegui el Humanista, “El Pintor” y como siempre nos interesó más allá del ‘surrealismo’ y quizás del ‘onirismo’, hemos rastreado sus posibles simientes. Según pasaba el arado, como con la sigilata de Tierraestella.

El Freud póstumo

Hay en la siempre discutible y teórica obra de Freud un epílogo casi póstumo, de revisión de ideas: “Análisis terminable e interminable”. En él pone en cuestión su propia normativa hasta el día de hoy aceptada. Deja en puntos suspensivos sus dos coordenadas más pertinaces. A saber, la aspiración de la mujer a ser fisiológicamente varón,”envidia del pene” en los vademécumes y, en el caso del hombre, “la rebeldía contra su propia actitud pasiva o femenina frente a otros hombres”. Algún analista de análisis opina que el argot interno es demasiado crudo al resumir la arriba dicho del pene o o del complejo de castración. O de ablación clitoridiana.

Afina Freud en este trabajo revisionista, poco difundido, enunciado en palabras sensatas y muy poco atendidas (“Qui prodest?”) hasta que uno se halla en este maremágnum de feminismos, hembrismos, homoheterobisexualidades y virilidades mal entendidas por culpa

de tanto decreto-ley estúpido; escribe un Freud reflexivo con los años lo que sigue

“Creo que ‘rechazo de la feminidad’ hubiera sido, desde el principio, la denominación más correcta para este extraño sector de la vida psíquica del hombre”. En genérico, eh. Y que no se reboten los gays. Saben perfectamente, y Francisco Umbral lo reflejó con maestría en una de sus novelas descatalogadas, “El Giocondo”, que homosexuales comilfó desdeñan y burlan a las ‘loconas’, gentes ‘con pluma’ y ‘freak-dragqueens’. Existe una homosexualidad varonil que yo suelo llamar templaria cuyo absoluto ‘rechazo de la feminidad’ es palmario.

La bruja de Malleghen

Tengo ante mí un cobre de Pieter Van der Heyden donde se advierten en retrospectivo las clavijas del humanista que fue Fernando Beorlegui Beguiristain, navarro de Campanas, arrabal de Iruñea donde su padre trabajaba en la “fábrica de vinos en cuya chimenea se veía la estrella de David, porque era de un judío”. La obra es de Brueghel El Viejo y se titula “La Bruja de Malleghen”. Esta Bruja, como los curanderos de Nabarra, el de Burlada y algunos otros taumaturgos iba a poner falsos, como si los hubiera auténticos; esta Bruja tiene ante sí un mostador ante el que se apretuja una muchedumbre de energúmenos. Esperan turno para ser operados.

“La piedra de la locura”

Hay mucha evidencia de que esa ‘intervención quirúrgica’ de la Bruja de Malleghen es idéntica a la que puede admirarse sobrecogido en El Prado, de Ieronimus Bosch “El Bosco”; y a otra colgada en el Museo de Amsterdam, de un discípulo del antedicho; y en el cuadro de otro primitivo flamenco, Handers Van Hemesen.

En todos estos lienzos-tablas se atestigua la extirpación de una excrecencia o ‘piedra de la locura’ situada en la región frontal del cráneo, justo donde aún hoy se perforan las lobotomías. Vayan a la entrada de Oteiza alias Oteitza titulada “La Venganza de la Piedra”. Encaja.

Era, también algo similar a lo que le hacen a Alex, el prota delincuentejuvenil y ‘droog’ de “A Clockwork Orange” , de Anthony Burgess. “Lo practican los neurocirujanos como recurso terapéutico en algunas neuropatías”, dicen las tablas de la ley clínica.

El grabado en cobre de Brueghel “El Viejo” y Van Der Hayden es de ésas de las salas de Primitivos a las que hay que acudir durante días y días para descifrar e ir redescubriendo paulatinamente personajes y enigmas. Como en Beorlegui, cuyas obras son inacabables en cuanto a observación, detección y disfrute del conjunto. Eso sí, la curandera ejerce a

ritmo-Ford, fábrica en serie. Todos los poseídos van a lo mismo. Como en Beorlegui, repito, el grabado abunda en alusiones tan sutiles como diáfanas.

En ángulo inferior izquierdo uno de los pacientes se sitúa en el interior de un huevo enorme (como aquel Monohuevo del Caudillo en chocolate, obra de Patxi Unanue líneas rriba aludido) y el cirujano es un discípulo de la Maestra Bruja. Sobre una mesa, dos gigantescas damajuanas en alusión inconfundible a unos testículos cortados, inmensos, icónicos. Ensartado en lanza, un pregón donde se anuncia sin tapujos qué es lo que allí se amputa. El paquete.

En más cuadros de Ieronimus Bosch “El Bosco” se repiten escenario, escena y enjambre de gentes convulsas dispuestas a que les ‘castren’… la cabeza. Es la equivalencia medieval, que el Humanismo desvirtuó, parodió con mayor menor fortuna, de los votos de ascesis y castidad obsesa que se precisaban para ingresar en sectas religiosas y a veces, merced a ellas, al suprimir el “pecado original” mediante una orquiectomía intracraneal poder volcarse y revolcarse en la muelle lujuria porque uno se había convertido en ‘cátaro’, esto es ‘katharos’, limpio, impecable. Hiciese lo que hiciese. Hombres, mujeres o púberes castrados. La pintura de Beorlegui, con estas directrices mitológicas, se goza mejor tras haber comprendido esta transición que no es Renacimiento ni Milenarismo. Es Humanismo y Fernando Beorlegui, un humanista. Quedó dicho.

Complejo de sumisión

Durante el funeral vikingo con guisote obrero votivo por el recuerdo de Beorlegui, que para mí no ha muerto, sólo nos ha dejado, y además sus temples similares al arcano del pavonado de Cabral “tardan en secar 150 años, como los de los Primitivos Flamencos y los Renacentistas italianos, o los de Durero” y eso le mantiene vibrátil en existencia; durante ese banquete funerario clandestino una amiga común me preguntaba, como si yo o nadie estuviesen al tanto, de las funciones de Itziar Carreño en su convivencia con el mal genio de Oteiza y de alias-Oteitza.

Hollmann y los cuadros de locos

Acojámonos al tardofreud autocrítico. Hollmann, que estudió concienzudamente esos cuadros de Primitivos Flamencos y del posterior Humanismo opina que las sectas de ‘castrados’ y ‘ablacionadas’ medioevales, a quienes hoy llamamos genéricamente dementes, como al sutil y ladino Leopoldo María, arrecogido por Beorlegui para que saliese de su cenobio de Santa Águeda y conferenciase en el Ayuntamiento de Eibar. Opina Hollmann que simbolizan el deseo intrínseco de la persona de persistir en la ‘niñez eterna’.

De ahí el Peter Pan de Barrie. Esa ‘niñez eterna’, como en la Isla de Nunca Jamás, sacrifica su sexualidad a la Madre-Mito, a la Madre Tierra, la Magna Mater, la Ama Lur. Oteiza e Itziar practicaban una diarquía propia de todos los oficios aunque sólo se les aplique a los policías, el bueno y el malo. Están la reportera buena y el reportero malo, para contrastar. O el bancario bueno y la bancaria borde. El fiscal y la acusación privada, el linternero legal y el que infla presupuestos. Iñaki Larrañaga, en el banquete funerario, narró una parábola: “Los del Cielo y el Infierno deciden entablar relaciones y construir un puente que los una para el intercambio. Pasan los días y el puente de Satanás va muy avanzado, y la obra correspondiente a San Pedro, lenta. Se queja el Diablo y San Pedro se excusa: ‘Es que todos los de la construcción están contigo…’ “. Bueno, ahora en serio.

Estar abocado a la muerte

“En ese extraño sector de la vida psíquica del hombre”, se corrige Freud, “hallamos de un lado el miedo perder la masculinidad y por otro el deseo de perderla por el terror a la relación sexual”. Pero, más en profundidad, el pánico en ambos casos a dejar de ser criatura, el miedo a la maduración, volverse hombre, ser diferenciado sexualmente y, por tanto, abocado a la muerte. En ese temor inconsciente a devenir adulto está, lo creen muchos especialistas del diván, herederos del cura confesor, el núcleo de muchas neurosis. Itziar ejercía de Madre-Mito del Oteiza alias Oteitza en crisis de neurosis, megalomanía, mitomanía, paranoia. El escultor y luego poeta desdoblaba su protección y decía volcarse en la Madre-Mito, la Magna Mater, la Ama Lur: Euskadi o Euskal Herria. Al final, por despecho, Nafarroa.

Traje de faena impecable

Por todo ello, Beorlegui, aparentemente más estoico por su chanzas y donaires en situaciones límite, resultaba incompatible en relación perseverante, aunque le visitara con frecuencia para charlar allá en Zarautz — también paseaba con otra grandiosa mente lúcida, “Mendi” — con Oteiza. Qué decir de Oteiza alias Oteitza.

María Luisa convivía, convive con un personaje de más ingenio que genio. Los genios, como las criaturitas, se autoprovocan pataletas y perras insoportables que hay que disimular ante el respetable no respetado, caso de Oteiza. Beorlegui era comedido y, en todo caso, su pareja de siempre se preocupaba de que subiese al taller con impecable traje de faena: pantalón con raya, mocasines lustrosos y camisa impoluta, de cristianar. Era una forma muy intuitiva de apartarlo del cliché bohemio, que Fernando jamás soportó. Nunca se manchaba pese a pintar al huevo con cola de conejo, vinagres, pigmentos y otros filtros similares al pavonado de Carral. (Potingue mágico, el de Beorlegui, que, insisto, tardará en secar y cuajar unos 150 años). No le caía encima ni una gota. Y limpiaba los pinceles de marta.

Discípulos pasivos

Deja muchos discípulos, Beorlegui. Sin traumatizar, como los que surgieron de la Escuela de Oteitza. Lo cual no significa que muchos de aquéllos no se llevaran consigo el gran aprendizaje cantero de Luis Montoya. Pero las teoréticas otéicicas pesaban mucho. “El Viejo”, le decían, le dicen al eterno infante. Significativa denominación contraria a Beorlegui, que fallece pero no desfallece y lo hace siendo y estando joven. Y adulto en completud.

Hablábamos del tardo-Freud y las personas que se automutilan. De Deba salió más de un ‘automutilado’ mental en el sentido fantástico, imaginario, delegando la Ama Lur o Madre-Mito en “Jorge”. Beorlegui se fugó a tiempo. No estaba discpuesto a esa orquectomía fantasiosa que provocó en el alumnado un deseo de mantener actitudes pasivas y sumisas.

Es idéntico, ese sometimiento, al provocado por madres-caníbal que convierten a su descendencia en masoca.

Al sufrir hace ya mucho tiempo el primer achuchón de algo cardiaco que lo llevó a la UVI — la UVI de hace varios lustros — el personal médico alucinaba al ver a un Beorlegui entubado, oxigenizado, en mal trance, con su bloc y sus carboncillos y esbozando algunos de sus dibujos, luego fortísimas aguafuertes — de esqueletos cabalgando con guadaña y demás temática de Apocalipsis y “Tempus Fugit”. Reconoció, como en el caso de su regreso a los colajes tenebrosos, de página de sucesos, que “era un mecanismo de defensa contra el miedo, a mí a veces la vida me produce auténtico terror”. Dijo la vida, no la muerte y no quiso profundizar en las circunstancias que le empavorecían: “Yo no soy un moralista”. Rara avis.